Viaje Onírico


Relato escrito para Fleming Lab, ejercicio para del curso de escritura masticadores de letras. 

Cuando desperté, me encontraba entre las raíces de un inmenso árbol, los troncos eran tan anchos como yo, y su longitud incalculable, visible había unos cinco metros y se introducía en la tierra a la vez que se iba afinando su diámetro, levanté la cabeza por encima de aquellas raíces y mire a derecha e izquierda, solo había árboles iguales al que me acogía a sus pies, unas plantas trepadoras subían por los troncos buscando la luz del sol que debía hallarse quince o veinte metros por encima de las copas.

La humedad que había en el ambiente era pegajosa, la claridad era escasa, apenas penetraba entre el follaje, me levante despacio, me dolía todo el cuerpo y no sabía si tenia algo roto, con cuidado me palpe en aquellas zonas donde el dolor era más intenso, moví las piernas, los pies, los dedos. Parecía que todo estaba bien, nada roto, ninguna herida, alguna pequeña contusión sin más consecuencias. Una vez de pie, cogí una rama a modo de bastón, empecé a caminar despacio en dirección sur, había aprendido a orientarme por medio del sol o en este caso ya que no podía ver el sol por las copas de los árboles.

Examinando los troncos, vi que la humedad hacía crecer verdín en el lado norte del tronco al igual que el musgo crece en los lugares más sombríos en el hemisferio norte del planeta.

Lo que me hacia creer que estaría en algún lugar del hemisferio sur, ¿Pero como había llegado hasta aquí? Camine lo que me pareció varias horas, pero el paisaje no había variado un ápice, algo que me llamo la atención al poco de comenzar a andar, fue no oír ni el canto de un pájaro, ni el graznido o chillido de animal alguno. Siempre había oído que las selvas son un cúmulo de sonidos.

Seguí avanzando y ya debería de haber pasado varias horas, pero la luz no variaba, el sol parecía que no se había movido desde que abrí los ojos en este lugar.

El cansancio me podía y me senté un rato, tenía hambre y sed, aún así me quede dormido.

Abrí los ojos despacio, me encontraba aturdido, algo había cambiado, era de noche, estaba oprimido, como si no me hubiera movido durante el tiempo que he estado dormido y hubiera quedado entallado entre las raíces del árbol en el que me había tumbado agotado.

La oscuridad lo abarcaba todo, levante la vista hacía el cielo, pero la negrura era total, intente moverme y no podía, estaba inmovilizado por algo que impedía realizar cualquier desplazamiento, poco a poco la vista se fue acostumbrando a aquella oscuridad total y comencé a vislumbrar algo a mi alrededor más cercano, baje la vista hacía mi cuerpo y vi que algo me tenía amarrado, era como un fino hilo de seda, como si una araña gigante me hubiera envuelto en su tela para preservarme, ¡Para Dios sabe que! Como pude empecé a mover la mano izquierda y pude meterla en mi bolsillo del pantalón, en el cual llevaba un encendedor, lo saque despacio y lo encendí a riesgo de quemarme, pero no, en cuanto el hilo noto el calor se encogió, por lo que pude sacar la mitad del brazo, como pude, siempre para no quemarme, fui prendiendo a lo largo de mi cuerpo hasta liberarme de aquel capullo de seda, una vez libre, levante la mano con el mechero encendido, recordé algo que siempre me había dicho mi abuelo, cuando era niño,

— Hijo, uno siempre debe de llevar encima, un mechero, una navaja y una cuerda.   —¿Por qué abuelo? “Porque nunca sabes cuando las vas a necesitar” —fue su respuesta. Aquello se me quedo grabado y siempre llevo un mechero de gasolina y mi navaja, la cuerda la llevo en la mochila, pero no siempre va conmigo. Ahora agradecía las enseñanzas de mi abuelo.  La llama del encendedor ilumino gran parte de lugar, había más de una veintena de capullos por toda la gruta. Sin pensármelo dos veces, busque por donde poder salir de allí, me desplace a lo largo de las paredes de la cueva, hasta que en uno de los puntos, no sabría decir cual, había perdido todo el sentido de la orientación, note un poco de aire que venia de más adelante, así que con una mano en la pared fui avanzando en aquella dirección, pasado una eternidad salí a la luz del día en un pequeño claro, la gruta en la cual había estado, se encontraba debajo de una ladera, pensé en subir a la cima y otear desde allí, desde arriba podría ver si había algún rastro de civilización.

Comencé mi ascenso por la ladera, no fue un camino de rosas, pero tampoco lo podría considerar muy complicado, cuando llevaba unos cuantos metros por encima de la entrada de la gruta, algo abajo llamo mi atención, de la boca de la cueva salía una cabeza con múltiples ojos y al menos cuatro patas, me tire al suelo de piedra y me fundí, mas que pegarme a él. Aquella cosa no salió mas de lo que había visto, no se si por miedo a la luz o porque había perdido mi rastro, al momento, se metió dentro de nuevo, me puse de pie y seguí el ascenso con más miedo que prisa, de vez en cuando miraba alrededor pero solo había árboles por todas partes, me recordaban a las secuoyas que había visto en un reportaje y comparados con estos, eran arbustos. Levante la cabeza, vi que quedaba mucho por ascender, así que me arme de valor y paciencia para seguir caminando hacía lo alto de aquella montaña, porque de ladera ya tenía poco, el cielo comenzó a oscurecerse lentamente, la noche se echaba encima y allí no había donde guarecerse, por otro lado solo el pensar en meterme en otra cueva para pasar la noche, hacía que mi cuerpo tuviera espasmos, por el temor a lo que pudiera encontrarse dentro.

Me metí entre dos rocas que encontré un poco más arriba, estaban de tal forma que no cabía nada por arriba, ni por los lados, tan solo por el hueco por el que había pasado yo, y me había costado entrar, tuve que hacerlo de lado y casi me quedo entallado. No quería dormirme por miedo, pero el cansancio y la mente juegan en contra de uno, volví a dormirme.

Cuando desperté me asuste, quise levantarme pero no pude, me encontraba atado con lianas las tenia por todo el cuerpo, me agite, convulsione, grite de rabia, de furor, todo en vano, no pude soltarme.

Una cara se puso en mi ángulo de visión, algo apartado, como si me tuviera miedo, me miraba de reojo mientras se movía de un lado a otro de la estancia donde me encontraba.

  • ¿Quién eres? —pregunte.

Silencio fue lo que encontré a modo de respuesta, aunque debió de oírme, porque me miro durante unos segundos y volvió a lo que fuera que hiciese.

  • Quiero hablar con alguien, con tu jefe o con quien sea que mande aquí — le dije un poco enfurecido.

Volvió a mirarme y se dio la vuelta y salio, no se si me había entendido o no, pero escuche como se abría y se cerraba una puerta de madera. Pasó lardo tiempo hasta que volví a oír aquella puerta, ahora estaba más despejado, mis sentidos estaban más alerta. La primera cara se puso de nuevo a mi altura y una segunda apareció por su derecha. Este último fue el único que me hablo.

  • ¿Como se encuentra? — preguntó.
  • ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? —preguntarle a mi vez.
  • Tranquilo, todo a su tiempo. — me dijo a su vez — Primero dígame como se siente.
  • Como una mosca en una tela de araña —dije.

Aquel comentario me trajo a la memoria el suceso de dos o tres días atrás, aquello me hizo estremecer, la persona que estaba delante al verme me pregunto.

  • ¿Tienes frío? Parece que tienes escalofríos.
  • No, lo que quiero es que me desaten y dejen marcharme.
  • Eso no va ha ser posible, aún no —me dijo.
  • ¿Qué es lo que quieren de mí?
  • Saber lo que hay en tu cabeza.
  • ¿Cómo? Que pretendéis abrirme el cráneo?
  • Si fuese necesario. Pero no creó que lleguemos a tanto. Solo queremos saber que ocurre dentro de tu mente, para entender ciertas cosas. Ahora descansa y después volveremos a hablar.
  • No quiero descansar, quiero salir de aquí y quiero que me suelte ¡Ya!
  • Tranquilícese cuanto más se altere peor será.
  • ¿Que quiere decir, con que peor será?

No contestó, solo miro al otro que seguía a su lado y le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, esté fue al otro lado de la estancia, y comenzó a moverse de un lado a otro, yo no veía lo que hacía desde mi posición, pero al momento empecé a tener sueño, por más que luchaba por mantenerme despierto más se me cerraban los ojos, hasta que pasados unos minutos….

Debía de estar sumido en un sueño muy profundo, porque oía desde un lugar muy lejano. Sr. Pérez, me oye, Sr. Pérez vuelva, todo esta bien, despierte por favor.

Poco a poco fui abriendo los ojos, había un hombre con una bata blanca, que me miraba con cara de preocupación.

  • ¿Se encuentra usted bien?

Solo pude contestar.

  • ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
  • ¿No lo recuerda?
  • ¡Recordar! ¿El qué?
  • Se encuentra en el centro de investigación del sueño, vino hace dos semanas para que le tratásemos las pesadillas que padecía. Le hemos tenido en un sueño inducido químicamente, le hemos monitorizado durante todo este tiempo —me explico el médico— Soy el doctor Gutiérrez, Joan Gutiérrez.

Me miré levantando un poco la cabeza y vi un montón de cables que salían por todos lados hacía unas maquinas que había a los lados de la habitación, más allá en la pared de la derecha, había un cristal que abarcaba todo el perímetro.

El médico dijo: ya tenemos todos los datos para tratar su problema Sr Pérez.

  • ¿Cuál problema? ¿Qué solución?
  • Su problema, es que tiene el poder de viajar a través de los sueños. La solución es que el gobierno quiera potenciar esa habilidad.

Fue todo lo que oí a modo de respuesta antes de volverme a quedar dormido.

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