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Arlequín


Muchos conocéis a Puri Cid “Loedar” por su faceta de ilustradora, por sus magníficos dibujos digitales, a las pruebas me remito, ya que realizo la portada de mi último libro de fantasía “Los hijos de la tundra” Lo sé, he aprovechado la ocasión para hacer un poco de publicidad, pero es que es la realidad y no voy a ocultarla.

Lo que muy pocos saben de su gran talento para la poesía. Hasta a mi me sorprendió, de hecho tengo guardados unos poemas de su puño y letra que no han visto la luz, aún, pero quién sabe lo que puede deparar el futuro. Hoy os traigo un bonito poema creado a raíz de la ilustración que ella misma ha creado.

Se titula Arlequín.

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Calixta, un hada linda y lista


Aquí os traigo otro bonito cuento creado a partir de una imagen de Loedar, para la Guardería de peques.

Espero que os guste.

En un inmenso y profundo bosque donde vivían muchos animales y seres fantásticos, gnomos debajo de las setas que les servían de entrada a sus casas, duendes en los huecos de los árboles,ninfas en los juncos de la orilla del río, y hadas que parecían luciérnagas con sus varitas iluminadas al ser agitadas, vivía Calixta, una joven hada muy guapa y lista —lista por lo inteligente que era—.

Siempre estaba leyendo libros de flores, plantas  —los beneficios y los peligros de cada clase— y de animales, sus especies y familias, y lista, porque siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Si una mariposa se enredaba en la tela de una araña, allí estaba Calixta para ayudarla a escapar, eso sí, sin dañar ni a la mariposa, ni a la tela. Por eso las arañas no se enfadaban con ella, porque no las hacía trabajar en repararlas; no como otros seres del bosque que ni miraban siquiera, las rompían y tenían que volverlas a rehacer.

Una noche, Calixta iba paseando por el bosque. Volaba de flor en flor como las abejas de planta en planta; de hoja en hoja como si de un saltamontes de tratara; e iba hablando sola como hacen las seres inteligentes. Hay quienes piensan que están locos por hablar solos; pero eso dicen los que no entienden que para aprender hay recordar una y otra vez lo que has leído, y hay veces que no te das cuenta y lo haces en voz alta; pero a ella no le importaba lo que los demás pensaran. En sus pensamientos estaba absorta cuando comenzó a oír un gemido, un sollozo muy bajito, pero audible para los oídos de un hada como Calixta.

Se acercó hacia donde provenía el llanto y encontró a una niña pequeña sentada debajo de un árbol; tenía los brazos abrazándose las rodillas. Estaba helada y aterida de miedo. Calixta, al verla, le habló con suavidad para que no se asustara más y saliera corriendo.

—¡Hola, hermosa niña! ¿Qué haces sola, de noche, en el bosque?

—¡Me he perdido y no encuentro a mis papás!  —dijo la niña mirando a todos lados.

Calixta no se dejó ver hasta no estar segura que la niña no se asustaría al verla.

—¿Quién eres tú? —preguntó la niña.

—Yo soy un hada y me llamo Calixta. Y tú, ¿cómo te llamas? —le preguntó el hada.

—Yo me llamo Laura y las hadas no existen —dijo la niña.

—¿Quién te ha contado eso?

—Mis papás dicen que no existen, que son cuentos para los niños —le comentó la niña.

—¡Las hadas existen; yo estoy aquí! —dijo Calixta. Eso dicen los humanos adultos porque han perdido su inocencia y ya no sueñan, como lo hacen los niños; por eso no pueden vernos; por eso y porque no nos dejamos ver. ¿Quieres verme?

—¡Sí, claro! Me gustaría —contestó la niña.

Calixta se asomó de detrás del arbusto en el que se había escondido. Se apareció despacio para que Laura la viera y se acercó a ella, ya que las hadas son pequeñitas, pero muy coquetas. Usan vestidos de los colores más brillantes y flores en el pelo como diademas.

—¿Tú eres un hada? —dijo la niña al verla.

—Claro, ya te lo he dicho. Soy un hada y me llamo Calixta.

—¡Qué pequeña eres, pero qué linda! —dijo la niña con sinceridad.

—¡Muchas gracias, Laura! ¡Tú también eres muy guapa! —le contestó el hada. Ahora debería ayudarte a encontrar a tu familia ¿no crees?

—¿Lo harías?¿Me ayudarás a encontrar a mis papás? —le dijo la niña emocionada.

—Claro; seguro que te estarán buscando por el bosque y no queremos que se pierdan ellos también, ¿verdad?

—No, supongo que no. Ellos no encontrarían un hada que los ayudase —dijo la niña con pena.

—Seguramente sí, pero no las verían. Los humanos se han portado mal con nosotros: cortan los árboles donde vivimos, envenenan los ríos donde nos bañamos, son descuidados, dejan la basura tirada en cualquier lado; muchas de mis hermanas se han quedado atrapadas entre su desperdicios. Bueno, vámonos  dejémonos de charla que se hace tarde para ti  —dijo el hada después del discurso que le soltó a la niña sin querer, pues ella no tenía la culpa; pero al menos aprendería del porqué las hadas no se le aparecían a los hombres. Sigue la luz que emite mi varita, pues a mí no me verás si me alejo un poco.

Las dos se pusieron en camino mientras Calixta le explicaba a Laura que en el bosque vivía con sus hermanas y sus primas, las ninfas del agua y los gnomos. ¡Ah! Y los verdes duendes; pero que también había seres muy malos como los ogros, o los trolls, pero que estos vivían bajo las montañas y rara vez se adentraban tan en el bosque, porque sabían que a los demás seres no les gustaban.

En esto estaban cuando Calixta oyó algo:

—¡Chisss!

La hizo callar.

—¡Laura! ¿Dónde estás? ¡Lauraaaa! —gritaba alguien entre la espesura.

—¡Ahí están! ¿Ves? Te están buscando —le dijo Calixta. Te acercaré hasta ellos, pero debemos despedirnos aquí, no pueden verme.

—¡Qué pena, me gustaría que te conocieran! —le dijo la niña.

—Eso no puede ser, Laura. Ellos no me verían aunque quisieran —le explicó el hada.

—¿Y qué les digo?

—¡La verdad! Siempre tienes que decir la verdad —le dijo el hada.

—Pero no me van a creer… —dijo tristemente la niña.

—Aún así, siempre di la verdad. Es preferible que no crean una verdad, a que lo hagan con una mentira. Así es como el hombre perdió la inocencia, ya no distingue la verdad de la mentira, lo que está bien de lo que está mal —le explicó el hada.

—¿Nos volveremos a ver algún día? —le preguntó la niña.

—Si dices siempre la verdad, aunque a veces a alguien le duela oírla, y me recuerdas, nunca perderás la inocencia. Entonces, solo entonces nos podremos volver, si por el bosque vienes algún día —le dijo el hada.

—¡Así lo haré! Vendré a verte algún día, Calixta, ¡gracias! —le dijo la niña con lágrimas en los ojos. ¡Eres una hada muy guapa y lista, mi querida Calixta!

—¡Gracias, Laura! Eres una niña muy buena, no pierdas nunca tu inocencia —le dijo el hada con una lágrima apuntando en sus ojos al oír las palabras de la niña.

—¡Te prometo que así lo haré! Cuidaré de los árboles y las flores y del agua de los ríos  —dijo Laura mientras se alejaba corriendo hacia las voces que la llamaban.

—¡Papááá..! ¡Mamááá…! ¡Estoy aquííí! —fue lo último que escuchó Calixta, antes de volver al interior del bosque.

©Antonio Caro Escobar

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Rufina, la mariquita meticona


¿Conocéis a Rufina? ¿¡No!? Pues no dejéis de leer este cuento.

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Imagen descargada de la red.

Había un inmenso prado lleno de mil flores de todos los colores: amapolas rojas como un amanecer, margaritas amarillas y blancas, malvas, jacintos, dientes de león y otras muchas especies más.

Esto hacía que se reunieran allí un montón de insectos para recoger el polen de las flores, entre otras de las labores que hacían abejas laboriosas, avispas, libélulas, hormigas y mariquitas, que iban tras los pulgones que allí habitaban a montones.

Pero como en toda comunidad siempre hay alguien a la que le gusta más dar trabajo que trabajar, Rufina era una de esta clase.

Rufina era una mariquita que le gustaba meterse en los problemas de todo el mundo, por ello la llamaban la mariquita meticona.

Siempre estaba metida en líos; allá donde hubiera una discusión por una flor o por un grano de polen Rufina era atraída como las moscas al azúcar.

Un día, la señora mantis estaba enfrascada en una discusión con su pareja; lo había visto ir tras una mariposa y aquello enfureció a la mantis.

—¡Eres un picaflor! En cuanto ves unas alas de colores vas tras ellas, como abejas tras el polen.

—No te enfades, Linda; solo estaba gastándole una broma a esa mariposa —le dijo Mario a la mantis.

—Sí, sí… Una broma… , ¿no ves como me río?

Rufina atraída por la discusión, se metió al medio.

—Linda, no te enfades con Mario, si siempre está de bromas con todas.

—¿Y a ti, quién te ha dado polen en esta flor, Meticona?

—Nadie; pero os he oído discutir y no he podido evitarlo. No es justo que regañes a Mario por querer ser simpático.

—Mira, Rufina, no estoy de humor para aguantarte ni a ti, ni a este, así que ya estás cogiendo vuelo de aquí o….

—No te pongas así, ya me voy. ¡Vaya carácter se gasta la mantis para ser religiosa —dijo Rufina malhumorada.

No contenta con aquello vio a dos ranas discutiendo por una mosca que tenían atrapadas las dos al mismo tiempo y ninguna estaba dispuesta a soltarla.

—Parece que no os ponéis de acuerdo en quien la cazó primero, ¿verdad?

—¿Y a ti que te importa, Meticona? Esto es algo entre nosotras —le dijo una de las ranas.

—Solo quiero ayudaros, con la de moscas molestas que hay por el prado, ¿tenéis que pelearos por una?

—¿Sabes, Meticona? ¡Tienes razón! Con tantas que hay, ¿por qué discutir?

Y dicho esto soltó a la mosca y acto seguido atrapó a Rufina y se la llevó a la boca. Rufina gritaba asustada, no quería ser tragada por la rana y sin embargo no podía escapar de aquella viscosa lengua.

Vio la negra boca y notó cómo la lengua se le enrollaba alrededor de su pequeño cuerpo y comenzó a llorar de angustia.

—Sólo quería ayudar…  —decía entre sollozos—  no lo volveré a hacer más.

—¿Seguro que no? Pues, esta te va a tragar —le dijo la otra rana sonriendo.

La boca de la rana se cerró con Rufina en su interior.

Cuando pasó un buen rato, la rana abrió la boca y soltó a Rufina, que estaba temblando y llena de babas. Intentó escapar volando, pero no pudo, pues sus alitas estaban empapadas.

La rana le dijo.

—Por esta vez te voy a dejar ir, Rufina, pero la próxima no tendrás tanta suerte.

—¡No habrá próxima vez, lo prometo! No quiero ser tragada de nuevo no me ha gustado la oscuridad que he sentido a mi alrededor.

—A ver si es verdad —dijo la otra rana.

Rufina se alejó de allí caminando, con el miedo en el cuerpo y con la determinación de no volver a meterse en los problemas ajenos.
Moraleja:

Zapatero a tus zapatos, no te metas en los problemas de los demás sin ser llamado.

No hay nada peor que la oscuridad que te envuelve cuando todos te dan la espalda.

© Antonio Caro Escobar

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Guarida de peques

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Mojito, el ratoncito coqueto


Otro bonito cuento a partir de una imagen de Loedar. Para la guarida de peques.

 

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Mojito era el pequeño de una camada de ocho ratoncitos. Era un ratoncito de campo, pequeñito pero coqueto. De los ocho hermanos era el más presumido de todos: le gustaba atusarse el pelo con sus patitas, limpiarse los dientes con una ramita, los tenía tan brillantes que cuando sonreía el sol brillaba en ellos con alegría, sus bigotitos no podían tener una sola arruga, se los estiraba con gracia y salero. Su mamá le decía:

—Mojito, tú vales para modelo.

Mojito andaba con mucho estilo y galantería; las ratoncitas lo veían y suspiraban:

—¡Qué arte tiene Mojito; creo que estoy enamorada! —decían cuando él pasaba.

Una mañana de verano, Bigotón, el viejo gato cascarrabias, a uno de sus hermanos atrapó, solo se oían sus chillidos y lamentos.

—¡Socorro! ¡Auxilio! Me atrapó Bigotón! ¡Me va a comer! ¡Socorro! ¡Ayúdenme!

—¡No chilles! Nadie te va a salvar de mis fauces; hoy te voy a desayunar  —le dijo el viejo gato.

—¡No me comas, solo salí a pasear, a buscar unas bayas para mi familia!  —le contestó el ratoncito.

—Eso me da igual. ¿Sabes el refrán que dice que al que madruga dios le ayuda? —le preguntó Bigotón.

—No. No lo sé.

—Pues eso me ha pasado a mí esta mañana. He madrugado y dios me ha ayudado, porque a ti te he atrapado.

—¡Suelta a mi hermano, viejo gato! ¿Tú sabes el que dice: no por mucho madrugar amanece más temprano? —le dijo Mojito —que había escuchado al gato cuando iba a ayudar a su hermano atraído por sus gritos de socorro— . Y sonrió con tanta alegría, que el sol brilló en sus dientes con tanta fuerza que al viejo gato cegó; este al sentir la luz soltó al ratoncito y se tapó los ojos.

El ratoncito se sintió caer, pero cayó de pie y salió corriendo hasta donde estaba su hermano y los dos riendo se fueron contentos, pues hasta ahora nadie se había escapado de las garras de Bigotón con tanto salero.

Cuando llegaron a casa y se lo contaron a sus papás, como recompensa, le prepararon a Mojito un baño de agua caliente que era lo que más le gustaba.

Desde aquel día Mojito fue el ratoncito más querido del valle y el viejo Bigotón ya no salía de casa sin sus gafas de sol, pero a los ratoncitos a molestar no volvió.

Moraleja. Nunca nadie se salvó por tanta limpieza.

© Antonio Caro Escobar

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Guarida de peques

 

 

 

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